Confluencia

Hay dos fuerzas, dos modos de energía, que no llamaremos bien y mal, ni inteligencia y estupidez, ni luz y oscuridad, ni orden y caos, ni educación e ignorancia, que conviven en el ser humano y, por tanto, en la sociedad. La apariencia puede darse en una de ellas o en otra, pero en la balanza sideral de ambas hay un perfecto equilibro. A una de ellas podríamos llamarla Armonía y a la otra Discordia. Ambas, digo ambas, interactúan al nivel del pensamiento y, por ende, en el comportamiento de los seres. Es claro que donde reina Armonía, no hay lugar para Discordia; y donde manda Discordia, se esfuma Armonía. El estado de los seres más terrenales es la Discordia, en tanto que las almas evolucionadas viven en Armonía, pero el estado de los seres pueden variar tranquilamente. Cuando Discordia ha avanzado a un estado tal que se torna irreversible, aparece la Senilidad como una degradación de Discordia; en tanto, que cuando Armonía se ha estabilizado, desaparece en Sutileza, como ápice de Armonía. El ser humano se bate entre éstas fuerzas o energías -llamadas así por carecer de un término más apropiado- a lo largo y a lo ancho de la existencia. Lo que vemos como movimiento, actividad, es la interacción de éstas fuerzas. Cuando se debaten ideas, conceptos, cuestiones, son éstas fuerzas las que pujan por dominar. Cada una con sus beneficios y ventajas, en todos los tiempos, son éstas fuerzas las que seducen al ser humano, a la sociedad, a la naturaleza, y con su guía lo/la conducen a terrenos que con distintos placebos otorgan diversos tipos de gozo. Si bien, el fin último de éstas fuerzas es la felicidad de los seres y los modos pueden ser simulados, Discordia apunta a la felicidad a través de la supremacía, mientras que Armonía representa la felicidad ante la tolerancia del equilibrio de fuerzas. Por eso la supremacía de Discordia conduce a la Senilidad. Cuando Senilidad toca su fin, Armonía restaura el equilibrio original luego de inmensos sufrimientos para los seres y su confluencia con Discordia retorna a la puja habitual, tanto en el ser humano, la sociedad y la naturaleza. Cuando el ser humano habla, es posible reconocer Armonía, Discordia e incluso Senilidad, pero no Sutileza. Sutileza es quien reconoce éstos tres.

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Indelegable

Todo es un gran show, una puesta en escena del circo contemporáneo. Toda felicidad es emulada, practicada, ensayada. Toda tristeza es un acto de desencanto con el teatro universal de la existencia.
Lo único que nos saca fehacientemente de esa fachada circense social es el dolor, porque el dolor se vive en primera persona y es indelegable. Cuando nos sobreviene, difícil deshacerse del entuerto del sufrimiento que trae aparejado ante la caída de la máscara ilusoria que, como un velo, no nos dejaba ver el común denominador de la existencia. De allí surge la inmejorable oportunidad de la industria de laboratorios y fármacos que promete y sugiere la posibilidad de con una píldora seguir en el tren de la insensibilidad al sufrimiento propio y ajeno que merma la vida de los seres ante el rechazo al dolor que, intrínseco a la esencia existencial, con cada punzada nos advierte y nos despierta ante la indolente sociedad del pop corn.

Inquietudes siderales

¿Cuántos filósofos se devoró el fútbol?
¿Cuántos poetas domesticó la televisión?
¿Cuántos metafísicos se tragará el smartphone?
¿Cuántos corazones inundó el materialismo?
¿Cuántos pensamientos embarró el exitismo?
¿Cuántos cerebros apagó la religión?
¿Cuántos, decime cuántos, mueren a diario sin conocer?
¿Cuántos, decime cuántos, viven cotidianamente sin saber?
Es que tener cubre, cual manto místico, las carencias del alma, algo a lo que aferrarse para no caer en ese vacío completo, que es plenitud de ser. Es el escudo que separa el yo del tú, esa ilusión sideral que, en lapsos, nos ha hecho creer que la existencia es divisible, que la separatividad podrá suplir, con elegancia a la vista de las cosas, la necesidad de comunicación y el anhelo de unidad con el cosmos.

Deshumanización

La deshumanización de la sociedad no tiene un registro de inicio, pero se viene gestando de la mano de la industrialización y el desarrollo del capitalismo, incrementándose con la doctrina neoliberal. Al hombre se le vendió la idea de ser un producto, quien la compró y se postula como en vidriera de zapatería. Los otros productos salen de shopping y compran, al tiempo que están en venta. Todo es marketing, desde posar para una foto hasta componer canciones. Los humanos que quedan están recluidos avergonzados y no los notamos en el mercado. El amor es mercancía, la comunicación es intercambio. Del mercado social pretendemos sacar alguna ventaja, algún beneficio como el que nos da un smartphone. Esa es nuestra búsqueda en el siglo XXI. Transacciones posmodernas: te doy para recibir. Y siempre la espera es mucho mayor de lo que se da. ¿Quién no sabe el valor del yuan? ¿Quién no sabe el precio del cobre? Estamos al tanto de tanto cambio, permaneciendo en la idea fija de poder tomar. Felicidad, amor, libertad, verdad, son palabras que se usan a piacere, cuestión que tiempo ha eran indicios de profundidad. En esta era luminosa la felicidad viene en botella o es una hamburguesa; el amor lo dictan las telenovelas y los reggaetones; la libertad es el poder de compra; y la verdad… bueno, no encontrarla nos habilitó a engañar, a mentir, a dejar de ser humanos para ser objetos. Y nos ponemos viejos, la puta madre…