Inquietudes siderales

¿Cuántos filósofos se devoró el fútbol?
¿Cuántos poetas domesticó la televisión?
¿Cuántos metafísicos se tragará el smartphone?
¿Cuántos corazones inundó el materialismo?
¿Cuántos pensamientos embarró el exitismo?
¿Cuántos cerebros apagó la religión?
¿Cuántos, decime cuántos, mueren a diario sin conocer?
¿Cuántos, decime cuántos, viven cotidianamente sin saber?
Es que tener cubre, cual manto místico, las carencias del alma, algo a lo que aferrarse para no caer en ese vacío completo, que es plenitud de ser. Es el escudo que separa el yo del tú, esa ilusión sideral que, en lapsos, nos ha hecho creer que la existencia es divisible, que la separatividad podrá suplir, con elegancia a la vista de las cosas, la necesidad de comunicación y el anhelo de unidad con el cosmos.

Pinceladas X

Caminamos por la noche de Pehuen-Có con curiosidad. Los viejos dicen que sólo somos niños, pero ninguno lo cree así, salvo cuando corremos a mitad de cada cuadra ( que parecen de trescientos metros ) para alcanzar el haz de luz del foco que hay en cada esquina y nos tranquiliza. Pero no es miedo adolescente, sino aventura propia de la edad. Correr, sentir escalofríos, vértigo y opacar el silencio. Ya bajo la luz caminamos y nos reímos hasta que se acaba y empezamos a correr hasta llegar a ver el mangrullo. “Vamos que ya llegamos”, dice Paolo, y avanzamos haciendo retroceder la noche y la penumbra. En un momento que creíamos ( sí, en ese momento todos lo creíamos igual y no había disidentes ) olvidado aquello, la misma noche se hizo espacio para cubrir con su manto característico de naturaleza silenciosa y se nos ocurrió ( la idea, probablemente, haya surgido sobre un capilar en particular, pero en una amistad como la de esa edad la mente parece ser sólo una, que se comunica entre sí, a pesar de haber varios cuerpos sobre las cuchetas ) quedarnos despiertos hasta el amanecer y ver la salida del sol sobre el mar. Los grillos nos invitaban a descansar y el debate se prolongó hasta que Christofer se durmió y perdimos un soldado en la batalla contra la oscuridad. Paolo prendió la luz y discutimos el asunto entre los que quedamos despiertos. El reloj de Christofer nos indicaba velozmente que el tiempo corría. Estábamos cansados porque esa tarde le habíamos dado unas pinceladas coquetas al frente del asador de Brown y La Argentina. Nosotros lo llamábamos “El quincho”, pero sabíamos que ése era el nombre de otra parrilla más alejada de la playa sobre lo que sería céntrico. Quedó lindo el azul y blanco a pesar de que le faltaron las letras con el nombre del negocio. Sinceramente, lo desconocíamos. Al dueño lo llamábamos maestro, y sólo nos había enseñado cómo era la construcción del hornero, el trabajo del ave para el alojamiento de sus crías y el aprovechamiento de otras aves luego de abandonado. Todo esto lo hizo cuando todos intentamos derribar uno de ellos sobre un poste eléctrico, sin éxito, por suerte para el ave que hoy se esgrime en los billetes de mil. Después nos tomó cierto aprecio y nos regalaba algunas costillas o algún chorizo, hasta que nos ofreció pintar el frente del local. Teníamos el dinero, la barriga llena, sueño y otro por cumplir. ¿Cuántas horas nos separaban de la salida del sol? Lo ignorábamos pero queríamos averiguarlo. Entre los cedros hay una cama paraguaya que me sirve para reposar mientras hacemos tiempo para no dormirnos. Detrás de los árboles puedo ver las estrellas con la claridad del cristal. Todos son intentos de matar la noche. La luna, las estrellas, los focos –uno por esquina-, la televisión e incluso la música y alguna poesía, y sobre todo, las charlas. Igualmente, susurramos, porque los padres de Christofer duermen y se cansaron de ver el amanecer sobre el mar pero dicen que es maravilloso y debe ser cierto. Pero queremos la experiencia de primera mano. En un momento los susurros callaron y sólo se oye la brisa y los grillos que me acompañan a entrar en ese terreno privado que es el sueño. Al abrir los ojos, sobre un pino, una comadreja me observa con la curiosidad propia de nosotros. ¿Qué le llamará la atención? Quizá ha visto el amanecer. No hay estrellas sobre su cabeza y cuando me muevo un poco se aleja.
-¡Leo! –me dice Ariel- ¡No sabés qué bueno que estuvo!
-¿Son boludos? ¡Por qué no me despertaron! –les recrimino al verlos llegar.
-Tomá, mirá lo que te traje –dice Ariel, entregándome una estrella que devolvió el mar a la orilla del sol.

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Se nos muere la cultura…despacito

-Señores, la literatura ha muerto. -dijo enfático el General- La gente no lee, los pocos que leen leen puras mierdas y los que quisieran leer no encuentran qué leer entre tanta mierda que se escribe a diario. Leer pasó de moda, escribir no. No hay amor por la lectura, sólo adicción en unos pocos casos, deleite en escasos.
-¿Y qué propone, General?
-Tenemos dos opciones: o destruimos todo lo escrito o reducimos notablemente la población del reino.
-Lo escrito son nuestros tesoros de lo que dejó la humanidad. No nos podemos dar el lujo de perderlo. -sentenció el sargento Irrazábal.
-Una pieza de arte tiene valor en tanto haya quien la admire, la contemple, la comprenda.
-¿Destruir todo y comenzar a construir patrimonio cultural desde la bancarrota?
-Es eso o…. -el General dudó por un instante.
-¡Ni pensarlo! Nuestra población podrá estar integrada por necios, brutos y retrógradas, compulsivos, maníacos y neuróticos, pero es sagrada. Cada mujer, cada niño, cada anciano merece nuestro respeto, nuestro cobijo, nuestra dedicación.
-¡Cierto! Además, no podemos obligarlos a leer si ya no les apetece y prefieren dilatar sus pupilas al ritmo del reggaetón o pinchar en dibujos de caritas en pantallas.
-Calma señores -dijo el General- Nadie será aniquilado.
-¡Bravo! -exclamaron varios subalternos al unísono.
-¡Bien!
-¡Bravo General!
-Destruiremos todo lo escrito hasta aquí. Utilizaremos nuestro arsenal para hacerlo de manera metódica, regular y veloz.
-De acuerdo. -dijo resignado el sargento Ibáñez. Los otros bajaron sus cabezas y algunos comenzaron a lagrimear.
-Cada uno de ustedes le dará las directivas correspondientes a cada escuadrón especial. -afirmó el General.
-Comprendido, General.
-Usted, sargento Ibáñez, dirigirá la comitiva de seguimiento de destrucción en las redes.
-De acuerdo, General. ¿Por dónde comenzaremos?
-Me destruyen ya mismo el contenido y rastro de todos los putos blogs. ¡Que no quede uno en pie sobre la nube!
-¡Escuadrón!¡ ¡Andando!! Tenemos mucho trabajo por hacer.

Escena de la vida cotidiana en el teatro universal de la existencia

“El intelecto en su afán por abarcarlo todo ve la cima de su máxime alcance y se rinde ante la inmensidad del vacío absoluto. En su regreso se reconoce como la expresión de aquello de lo cual era, como parte, todo.” Uno.

En la escena se ve a la reina ( queen ) interpretando el papel principal delante de las puertas ( the doors ) de la inmensidad.

La reina exige: I want it all, and i want it now ( lo quiero todo, y lo quiero ahora ).

Las puertas claman: Come on baby, light my fire ( vamos nena, enciende mi fuego ).

La reina aclara: It’s a kind of magic. One shaft of light that shows the way ( Es un tipo de magia. Un rayo de luz que muestra el camino )

El Nirvana es así alcanzado: With the lights out it’s less dangerous. Here we are now. Entertain us. (Con las luces apagadas es menos peligroso. Aquí estamos. Entreténnos. )

La cabeza rueda por el piso. El cuerpo cae y luego de un momento, como el ave Fénix, resurge y levantándose aparece en él el bello rostro de Isabel, la católica, entonando: Oh, yes, i´m the great pretender ( Oh, sí, soy el gran farsante ).

Aplausos.

Cae el telón. Unos niños juegan al fútbol con la rubia testa. La madre de uno de ellos se dirige a reprenderlos, pero personal de limpieza la detienen aclarándole que el escenario es desinfectado diariamente con Lisoform.

Pinceladas VIII

¿Queda alguien en Punta Alta que recuerde cuándo se le cambió el sentido a las palabras? Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar, pero no es un mundo, es un cúmulo, como cada persona. La publicidad lo decía como bondad, porque así se lo suele creer, para no considerar la posibilidad de fraude. Es más sencillo la pasividad de aceptar el engaño que el rol activo de considerarlo. La palabra mundo se refiere al todo, pero ahora sólo se suele utilizar para designar un conjunto, el cual es un reducto. Entre esas cavilaciones andaba cuando llegué al reducto laboral y me vi rodeado de cúmulos, cada uno en su mundo vacío. Pero cada tanto, el hechizo se rompía y nos encontrábamos en el mundo, tal vez por alguna gracia que nos hacía reír o un sentimiento añejo que nos despertaba en la unidad de esa realidad. La única. Pero eso duraba poco y las espacios que separaban unos cúmulos de otros eran abismos en el tiempo que procurábamos cruzar con la cordialidad del ambiente laboral. Aunque sólo era en nuestra imaginación donde estos cúmulos tenían lugar y no en la realidad donde nada nos separaba. Más abajo, estoy separado de mis compañeros por algunas paredes o vidrios cubiertos con cortinas que le dan cierta privacidad a las actividades de cada uno. Pero a mi lado, sin paredes ni cortinas que separen los ambientes está Marisa, que cada tanto baja de su nube y me dibuja una sonrisa. Entonces, le retribuyo con pinceladas de caricias que no ensayé, pero igual la alegran, sin preguntar si fue improvisación pura o espontaneidad natural y me ofrece un café. Acepto sin condiciones y me envuelve una nube de sentimientos mientras la veo alejarse por el pasillo. Después llueven lágrimas y algún sudor por la frente, que seco con el pañuelo bordado, y ahí me doy cuenta que el aire acondicionado no está funcionando. Llamo al encargado del mantenimiento para comunicarle el desperfecto, pero me da ocupado. Me levanto para ir al baño y la silla se me queda pegada en el pantalón. Estimo que ha sido otra broma de Abel. Camino con la silla a cuestas por el pasillo y escucho una carcajada cuando paso por su oficina. Sin dudas fue él, pero no me detengo pues el baño me está esperando impaciente. Al entrar, trabo la puerta con el pasador y me saco el pantalón con silla dejándolos en el piso. Cuando me doy vuelta, quiero levantar la tapa del inodoro y observo que está pegada al mismo. Busco los tornillos de plástico en la parte de atrás, se los quito y con toda la fuerza arranco la tapa. Después, al pantalón no logro despegarlo de la silla ni viceversa, por lo que me lo coloco con silla y camino hasta la oficina de Abel. Él se recuesta sobre la silla en la que está sentado y la hace girar con aires de triunfo dando vueltas sin detenerse ni brindarme una solución. Bajo las escaleras de entrada con la silla a cuestas ante la risa contenida de algunos curiosos y, al llegar al estacionamiento, me quito pantalón y silla para subir al auto, dejándolos en el asiento trasero. En algún tramo del trayecto a casa, hay un control policial y me veo obligado a detenerme. Una mujer policía me pide la documentación y, al verme en calzoncillos, me pide que descienda del vehículo. Trato de narrarle lo ocurrido, pero no me cree, a pesar de que intento mostrarle la silla detrás. Enseguida, me pide que sople sobre una boquilla de plástico. Pero cuando estoy por soplar, estornudo sobre el uniforme de la agente, quien se ve ofendida y molesta al ver la excreción en su vestimenta y, en un rapto de asombrosa destreza y potencia, me esposa y me sube al patrullero sin que pudiera ofrecer resistencia. La lluvia torrencial que cae mientras viajamos hasta la comisaría me da la sensación de que bajo ese manto de nubes los cúmulos que nos separan se disgregan y se conforman en aquél, pero al llegar, entre dos oficiales, me dejan en un vetusto calabozo confirmando la separación. ¿De qué se me acusa, oficial?, le pregunto. Ebriedad y resistencia a la autoridad, me dice antes alejarse y dejarme en la soledad del mundo y alejado de otros nubarrones.