Encuentros interestelares III

Mientras espero, laboriosa tarea que todos desmpeñamos, les cuento que anoche fuimos con Ali a camuflar el aparato que usa para descender y ascender a la nave espacial que sigue en suspensión ( que funciona con atributos de camaleón a la luz del día, por eso no la vemos a simple vista, y de noche apagan las luces, excepto cuando alguno va al baño ). El nombre de dicho aparato que pueden apreciar en la imagen que tomamos antes de camuflar en el descampado, que no vamos a ubicar dónde está porque se llenaría de curiosos, es algo así como ‘phyrolátigu’. Y les digo algo así porque cuesta entenderle todo a Ali, pero hacemos lo posible ( después de ésto nos van a querer contratar como traductores de toda la galaxia ). No obstante, debido a que la fonética es similar nosotros lo llamamos pterodáctilo. Ali nos anticipó que pronto va a subir con el pterodáctilo a la nave y nos va a abandonar, por lo que, de a poquito, nos empezamos a despedir.

 

Anuncios

Encuentros interestelares II

Bueno, al final nuestro visitante de anoche anduvo por acá y nos dejó este artefacto de regalo que, al parecer, funciona como una especie de láser que quema con su haz de luz verde ( zoom sobre el punto negro ), pero sólo sobre objetos, no así en personas, animales, insectos ni plantas ( lo probamos en un jazmín para corroborar ).
El marciano a quien nosotros de cariño lo llamamos Ali ( diminutivo de alienígena, a quien no le gusta que le digan marciano, pero eso es otra historia ) nos dijo que iba a tomar algo al Bar y volvía. Lo estamos esperando para cenar, aunque no sabemos aún si las milanesas con puré son de su gusto.

 

Encuentros interestelares I

En la escena, vemos claramente un alienígena descendiendo de la nave espacial, a punto de visitar nuestra querida ciudad. Esto ocurrió hace algunos minutos, nuestro pintoresco visitante ya debe estar narrando sus andanzas interplanetarias y los motivos que lo trajo por aquí.
Aiyí xenuá ( buenas noches, en algún idioma foráneo, se me ocurre )

La sombra del aire

Cierto día, a la sombra de la luz del alba sentado bajo el verde sauce, en posición de semiloto, meditaba el maestro Chu-Lin quién sabe qué. En el momento en que cantaban los gallos, se acercó con impaciencia quien por esos años era su discípulo predilecto, el joven Nepal. Chu-Lin notó la presencia de Nepal delante suyo pero quería darle una lección a su discípulo y ni siquiera abrió los ojos. Nepal dudó entre interrumpir la meditación del maestro o marcharse sin disipar su inquietud. Se decidió por lo primero.
-Maestro. -dijo en tímida voz.
-Te oigo Nepal. -respondió Chu-Lin.
-Tengo una inquietud. ¿Qué debo hacer con los gases del estómago al amanecer?

El maestro, abrió lentamente los ojos e irguió aún más su postura dejando un espacio en donde apoyaba las nalgas y tras un rotundo sonoro pedo respondió:
-Déjalos que fluyan.

Disfraces (You may say I’m a dreamer )

En la pantalla se proyectan dos filmes: uno es “Retroceder nunca, rendirse jamás”; el otro no sabemos, pero tiene el logotipo de Volver. El aparato está en silencio y en otras habitaciones se escucha música que distrae la atención. Las letras y los sonidos se entrecruzan y uno se forja una mezcolanza de nociones y rumores que se sazonan en la ensaladera de plata de la copa Miles Davis. Los setenta, los sesenta, miran para un lado; el dos mil cien no quiere ni mirar. Miles es quien enciende la fogata y ellos aprovechan para fotografiarla en su radiante Luz.

“Y dónde están ahora los geniales científicos
Inventando la bomba de rayos pacíficos”.
Gente del futuro – Miguel Cantilo

“Cuánta verdad… que hay en vivir
solamente, solamente importa
el momento en que estás.
Sí, el presente y nada más”.

Presente – Vox Dei

“Pobre eres si no llevas repletas las arcas
de tu corazón”.
Buen día, día – Miguel Abuelo

El guardaparques con un matafuegos finiquita la ceremonia y la juventud se dispersa. Los unos buscan reggaetones; los otros, cazan pokemones. Mirando las cenizas, Miles ve claramente el rostro de John Lennon… o lo imagina.

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Bifocal

-¡Carlos! ¿Qué tal, cómo te va?

-Mal.

-Tratá de pensar en positivo.

-El pensamiento bipartito no funciona en mi. La respuesta que te di viene a colación de los últimos resultados. Sintonizar la corriente neuralgica que recomendás no vaticina modificar lo acaecido. Más allá de lo expuesto, me siento bien.

-¡Viste que podías! Querer es poder.

-Tu grado de concepción es vetusto. Las cosas no tienen sólo dos lados, ni siquiera un aguja o un pajar. Todas tienen muchos más y abarcarlos todos es harto imposible. Asímismo, la contemplación de ellas es un fenómeno abierto al público que se acerca a su comprensión. Ver las figuras a través de sus lados es una práctica matemática aplicada a la charla banal que proferís. Negar un punto de vista por relegarlo a la negatividad sería como ahondar en la inabarcable clínica vocabularia de un sólo espécimen. Al tacharlo, tu conversación se reduce a un sesgo infantil que toca lo pueril. De optar por no escuchar tales aseveraciones harías un mayor aporte a la cultura que al darle continuidad a conceptos tan vulgares como los dichos.

-¿Qué te pasa, Carlos? ¿Te sentís bien?

-La atención es la mano derecha de la inteligencia. La podés emplear. La bipolaridad del pensamiento no existe en el plano fáctico. Es un invento del positivismo y la fachada sonrisoidal que grafica la época para descartar todo tipo de inflexión en los surcos cerebrales y reducir al mínimo toda posibilidad de reflexión, hostias, necesaria. La época no da tregua, la luz de hoy obnubila.

-Si, a veces se me cierran los ojos mirando el celular…

-La sensación de culpa tras acciones pasadas es un defecto intelectual. La idea de error u omisión la introdujeron unos cuantos infelices que pregonaban corrientes coloquiales que en su época estaban al día como la que hoy te atrae. El rechazo a la felicidad genuina y a la inteligencia innata es un pacto del intelecto retráctil con la estolidez que circunscribe la ideología sociocultural en cada era. En época de esmaltes bien iluminados y espíritu opacado el aplauso degrada la brillantez, el elogio tritura lo luminoso. En momentos así, callar amansaría a las fieras.

-Carlos, ¿no me prestarías mil? Este mes me quedé corto para pagar el agua.

-No tengo un mango, pero tratá de pensar en positivo. Si lo querés pagar vas a ver qué podés. Y si te sentís mal, apagá un cachito el celular. Sí, se puede.