Archivo de la etiqueta: lenguaje

No se pronuncia

-La oscuridad de la noche contrasta con la luz de tu alma, mi vida
-Gracias, pero te comiste la be en obscuridad.
-Es que la be no se pronuncia más, según la Real Academia Española.
-¡Ah! Recién me entero ¡Qué oluda!

———–
-Qué lejos está setiembre, falta aún hasta que todo vuelva a florecer.
-Es cierto, pero perdoname que te corrija, en septiembre te devoraste la pe.
-No, mi amor, la pe ya no es necesario modularla.
-No sabía, yo gastando saliva de más ¡Qué elotudo!

Cuestiones del querer

Es inevitable para todo ser sintiente sufrir al ver sufrir, y mucho más cuando se trata de un ser querido. Sin llegar a ser el mismo sufrimiento que el que lo sufre propiamente, se siente.
Dicho este prólogo, lo que uno quiere del otro intrínsecamente es su presencia. Y esto se hace palpable cuando la idea de muerte sobrevuela. Las variaciones de ese amor ( no se habla sólo de pareja, puede ser un hijo, un hermano, un amigo ) pueden ir desde la forma, la alegría, la dulzura, la verborrea, la tranquilidad o todo lo que ese ‘otro’ nos transmita. Pero, no obstante, cuando el amor es genuino todo eso puede desaparecer dejando al desnudo el hecho de que lo que amamos es la presencia del otro. Te quiero chueco, con un ojo colgando, con pocos dientes, sin pelo, ¿se te cayó el culo? más boludo que nunca, cada día más torpe, aunque no te rías. Claro que me encanta verte feliz, pero todo puede mejorar. Si hay vida, hay esperanza, y por eso hoy quiero que estés.

De hostias

El carajillo, en el siglo XIV, era un lugarcillo remoto del reino de Castilla, donde la gente iba a comulgar y confesar sus atrocidades. Quienes acudían a tal antro de salvación eran principalmente allegados a la realeza: soldados, sargentos, verdugos, etc. Para cumplimentar con el formalismo epicospal, debían ir hasta allí despojados de alimentos y carroaje. Quienes veían llegar al carajillo a los pecadores, decían de ellos que tenían en el semblante rastros de fatiga, cansancio y hambruna, dando una impresión fuerte, como el sabor del ajo en la boca. Por ello mismo se los llamaba los cara de ajo, que luego se abrevió a los del “carajo”.Cuando la ciudad se convertía en un desierto o no se veía un alma en pena vagando por allí, y alguien preguntaba dónde están todos, se acuñaba la frase: Todo se ha ido al carajo.