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El ocaso desencantado

Como una prueba piloto, dieron grandes resultados los reality show tanto como los talk show.
Hay gente que pide “una más” antes de que la noche se termine. Alguien que deschave a otro, una discusión anodina, un rumor que en lo más rancio del odio arraigado nos expele un grito eufórico para sacarlo y mostrarlo como prueba irrefutable de que todo sale junto con el sol.
Pero amanece oscuro, muy oscuro, y la luz eléctrica le da una continuidad que nos priva del instante, del momento. La atención está dirigida, las marionetas en el teatro ya no hacen reír. El director carece de rectitud. En futuro del 84, la energía se concentraba en el odio a los enemigos del sistema, que el mismo sistema había focalizado en una persona: Emmanuel Goldstein. Alta traición.

Los astros no tienen fin de semana. No hay fiestas de fin de año para las estrellas. La luna no se toma vacaciones. El sol, factor vital, se sonroja de vergüenza.

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Revoluce

Alguien quiere que cambie el lenguaje
Dicen que alguien quedóse arafue.
¿De qué? De estupidez reinante.
Quien perece se pierde el divague.
Dormite en el cine. Leé. Cogé.
En el neceser tiene pendientes.
Tueste nueces. Alimente elefantes.
Tome mate ( Incluye tereré ).
El alien que se percate y le rescate.
Incluite en el inconsciente, mequetrefe.
¿Tenés billetes? Ayer cambié.
Traé el retrete, libre de heces.
¿Se puede ser? Depende de usté.
Qué sabés del triste eclipse…
Se vende suerte, ¡compre!
Tiré el tele desde el aljibe.
Subite en este tren de revoluciones.

No se pronuncia

-La oscuridad de la noche contrasta con la luz de tu alma, mi vida
-Gracias, pero te comiste la be en obscuridad.
-Es que la be no se pronuncia más, según la Real Academia Española.
-¡Ah! Recién me entero ¡Qué oluda!

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-Qué lejos está setiembre, falta aún hasta que todo vuelva a florecer.
-Es cierto, pero perdoname que te corrija, en septiembre te devoraste la pe.
-No, mi amor, la pe ya no es necesario modularla.
-No sabía, yo gastando saliva de más ¡Qué elotudo!

Cuestiones del querer

Es inevitable para todo ser sintiente sufrir al ver sufrir, y mucho más cuando se trata de un ser querido. Sin llegar a ser el mismo sufrimiento que el que lo sufre propiamente, se siente.
Dicho este prólogo, lo que uno quiere del otro intrínsecamente es su presencia. Y esto se hace palpable cuando la idea de muerte sobrevuela. Las variaciones de ese amor ( no se habla sólo de pareja, puede ser un hijo, un hermano, un amigo ) pueden ir desde la forma, la alegría, la dulzura, la verborrea, la tranquilidad o todo lo que ese ‘otro’ nos transmita. Pero, no obstante, cuando el amor es genuino todo eso puede desaparecer dejando al desnudo el hecho de que lo que amamos es la presencia del otro. Te quiero chueco, con un ojo colgando, con pocos dientes, sin pelo, ¿se te cayó el culo? más boludo que nunca, cada día más torpe, aunque no te rías. Claro que me encanta verte feliz, pero todo puede mejorar. Si hay vida, hay esperanza, y por eso hoy quiero que estés.

Cómo convertir un texto malo en uno bueno en minutos

Lo primero a tener en cuenta es que un texto malo se puede obtener tanto de producción propia como ajena ( salvo que usted tenga una opinión de sí mismo demasiado alta y se crea incapaz de escribir textos malos ). En este último caso se debe tener en cuenta que la obra puede ser denunciada como plagio por lo que se debe tener preparado algún tipo de defensa de la misma, si se desea conservar los derechos de la obra.

Lo siguiente es llevar el texto escogido previamente a un estado en que se visualice claramente como incompleto. Para ello, se puede suprimir uno o varios párrafos, oraciones o simplemente algunos sustantivos. Una vez realizado esto procedemos a la lectura del texto en voz alta, para percibir cómo suena al oído. Si es posible, se lo leemos a alguien que nos pueda llegar a dar una opinión valiosa del mismo, si sabemos que nos valorará positivamente mucho mejor.

Posteriormente, añadimos párrafos u oraciones ( no importa si son malas o buenas ya que el veredicto lo obtendremos al final por la obra en su totalidad ) en el sentido que más nos plazca. No escatimemos deleite. Hacer lo que más nos gusta es importante porque eso es lo que después leerá el destinatario de nuestra agraciada obra. Utilice oraciones en imperativo con moderación. Interactúe con la comprensión del lector, pero no lo adule en demasía pues puede ser muy perspicaz y quizá abandone la lectura antes del éxtasis final al que se lo que quiere llevar.

Luego, para darle mayor importancia a lo que usted ha escrito y/o robado por ahí, reemplace varios verbos por otros que no necesariamente compartan el mismo significado. No se preocupe aquí por el sentido del texto y cuestiones fútiles de esa índole. Recuerde que usted tenía entre manos un texto malo, por lo que aquello que decía allí era pura vanidad, nada de mayor relevancia. Emplee verbos desconocidos para el lector común, quien sin dudas tendrá por usted la mayor estima cuando tenga que recurrir a un diccionario para entender qué ha estado expresando usted.

Utilice libremente su sexto sentido: el humor. Hacer reír y dar qué pensar es siempre valorado por la inteligencia del ser humano. A veces la combinación de dos o tres palabras puede justificar una lectura de poco genio. Si tiene pocas ocurrencias manifiéstelo con lo mejor de su capacidad: yo no sé.

Cada vez que incorpore un párrafo, piense si realmente hay necesidad de él. Si la respuesta es negativa, añádalo sin culpas pues para todo lo innecesario hay un mercado gigantesco que comercializa un sinnúmero de productos y, finalmente, su obra no escapa a esta ley.

Si puede establecer dentro del texto alguna polémica, como por ejemplo declarar que a pesar de tanto entretenimiento que se vende aquí y allí el hombre sigue sufriendo como hace dos mil quinientos años, o peor aún, más informado, hágalo abiertamente. Recuerde que el lector agradecerá la verdad, aún cuando tenga temor a ella de manera infantil, pues es benigna y abierta. Sin embargo, si usted la desconoce no se exprese como si supiera lo que está declarando pues los reproches no tardarán en llegar y con ellos la desazón del lector.

Finalmente, quite toda ambigüedad que el texto pueda dar. Borre sin límites todo aquello que invite a la duda y a la desconfianza. Usted debe brindar certezas. Un texto endeble seguirá siendo malo, mientras que aquél que le dé cierta saciedad al lector será considerado por éste como aquél que le salvó el día, y no digo que lo tenga como uno de los mejores que leyó, pero sí como uno al que considerará sinceramente bueno.

Y… ¡voilá! Lo ha logrado.