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Cuestiones del querer

Es inevitable para todo ser sintiente sufrir al ver sufrir, y mucho más cuando se trata de un ser querido. Sin llegar a ser el mismo sufrimiento que el que lo sufre propiamente, se siente.
Dicho este prólogo, lo que uno quiere del otro intrínsecamente es su presencia. Y esto se hace palpable cuando la idea de muerte sobrevuela. Las variaciones de ese amor ( no se habla sólo de pareja, puede ser un hijo, un hermano, un amigo ) pueden ir desde la forma, la alegría, la dulzura, la verborrea, la tranquilidad o todo lo que ese ‘otro’ nos transmita. Pero, no obstante, cuando el amor es genuino todo eso puede desaparecer dejando al desnudo el hecho de que lo que amamos es la presencia del otro. Te quiero chueco, con un ojo colgando, con pocos dientes, sin pelo, ¿se te cayó el culo? más boludo que nunca, cada día más torpe, aunque no te rías. Claro que me encanta verte feliz, pero todo puede mejorar. Si hay vida, hay esperanza, y por eso hoy quiero que estés.

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El hombre universal

En el hombre cohabitan tres deidades: la Creación, la Preservación y la Destrucción. Es probable que en algunos especímenes se manifieste de modo más tangible alguna de las tres por encima de las otras. Hay creadores locos que tras su obra la destruyen; otros preservan creaciones ajenas; mientras que otros crean desde los restos de la destrucción. La combinaciones de estas potencias son infinitas. El hombre es en verdad un dios que ignora sus posibilidades, o una trinidad divina que sufre a partir del desconocimiento de su propia envergadura. Esa trilogía que se manifiesta en el hombre es la que rige los procesos del universo: Creación, Preservación, Destrucción. Por ello mismo, puede decirse que el hombre, como metasímbolo, es el propio Universo.