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Ignorar

Se encontraron en una plaza un tonto y un sabio. El tonto le dijo al sabio:
-¡Tonto!
Y el sabio le respondió al tonto:
-Usted es un sabio.

Y cada cual siguió su camino contento ignorando su estupidez.

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A la misma vez

Había una vez, que no era una simple y sencilla vez, sino más bien una bombucha, cargando en su interior cantidad de agua esperando llegaran los carnavales. Esta vez, la susodicha había cobrado dotes de superioridad y lejos de atenerse a su condición de bombucha de carnaval creía ser verdaderamente una bombacha de campo, por lo que resolvió montar cual jinete sobre un caballo blanco ( que no sería precisamente el de San Martín sino uno más moderno y a la vez actual) en vez de ir a reventarse contra la blusa de una jovencita que esperaba la llegada de la primavera. Pero no sería la primera vez que una bombucha devenida en bombacha caería presa de lo que se conoce como falsa ilusión o ilusión óptica, ya que lo que intentó montar no era efectivamente un caballo blanco sin montura sino que se trataba de una vieja escoba al estilo del vehículo de Cachabacha. Al percibir esto se decepcionó de tal manera que entró en depresión profunda y dejó de pensarse bombacha para considerarse apenas bombilla y pasó a habitar uno de los mates del caserón, el que se usaba para reuniones de amigos. Esta vez, la bombilla del mate ya no participa de las charlas, más allá de que alguno de los partícipes de la ronda que se demorara con pasar el mate y, a su vez, otros le recriminaran si le “está enseñando a hablar”, la bombilla parece no estar interesada y hay quien dice que ya estaría repensando en variar su condición ( o la creencia de la misma ), y hasta aseguran que la pobre ya se cree bombita eléctrica y bomba mediática a la vez.

Disfraces (You may say I’m a dreamer )

En la pantalla se proyectan dos filmes: uno es “Retroceder nunca, rendirse jamás”; el otro no sabemos, pero tiene el logotipo de Volver. El aparato está en silencio y en otras habitaciones se escucha música que distrae la atención. Las letras y los sonidos se entrecruzan y uno se forja una mezcolanza de nociones y rumores que se sazonan en la ensaladera de plata de la copa Miles Davis. Los setenta, los sesenta, miran para un lado; el dos mil cien no quiere ni mirar. Miles es quien enciende la fogata y ellos aprovechan para fotografiarla en su radiante Luz.

“Y dónde están ahora los geniales científicos
Inventando la bomba de rayos pacíficos”.
Gente del futuro – Miguel Cantilo

“Cuánta verdad… que hay en vivir
solamente, solamente importa
el momento en que estás.
Sí, el presente y nada más”.

Presente – Vox Dei

“Pobre eres si no llevas repletas las arcas
de tu corazón”.
Buen día, día – Miguel Abuelo

El guardaparques con un matafuegos finiquita la ceremonia y la juventud se dispersa. Los unos buscan reggaetones; los otros, cazan pokemones. Mirando las cenizas, Miles ve claramente el rostro de John Lennon… o lo imagina.

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Pinceladas VIII

¿Queda alguien en Punta Alta que recuerde cuándo se le cambió el sentido a las palabras? Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar, pero no es un mundo, es un cúmulo, como cada persona. La publicidad lo decía como bondad, porque así se lo suele creer, para no considerar la posibilidad de fraude. Es más sencillo la pasividad de aceptar el engaño que el rol activo de considerarlo. La palabra mundo se refiere al todo, pero ahora sólo se suele utilizar para designar un conjunto, el cual es un reducto. Entre esas cavilaciones andaba cuando llegué al reducto laboral y me vi rodeado de cúmulos, cada uno en su mundo vacío. Pero cada tanto, el hechizo se rompía y nos encontrábamos en el mundo, tal vez por alguna gracia que nos hacía reír o un sentimiento añejo que nos despertaba en la unidad de esa realidad. La única. Pero eso duraba poco y las espacios que separaban unos cúmulos de otros eran abismos en el tiempo que procurábamos cruzar con la cordialidad del ambiente laboral. Aunque sólo era en nuestra imaginación donde estos cúmulos tenían lugar y no en la realidad donde nada nos separaba. Más abajo, estoy separado de mis compañeros por algunas paredes o vidrios cubiertos con cortinas que le dan cierta privacidad a las actividades de cada uno. Pero a mi lado, sin paredes ni cortinas que separen los ambientes está Marisa, que cada tanto baja de su nube y me dibuja una sonrisa. Entonces, le retribuyo con pinceladas de caricias que no ensayé, pero igual la alegran, sin preguntar si fue improvisación pura o espontaneidad natural y me ofrece un café. Acepto sin condiciones y me envuelve una nube de sentimientos mientras la veo alejarse por el pasillo. Después llueven lágrimas y algún sudor por la frente, que seco con el pañuelo bordado, y ahí me doy cuenta que el aire acondicionado no está funcionando. Llamo al encargado del mantenimiento para comunicarle el desperfecto, pero me da ocupado. Me levanto para ir al baño y la silla se me queda pegada en el pantalón. Estimo que ha sido otra broma de Abel. Camino con la silla a cuestas por el pasillo y escucho una carcajada cuando paso por su oficina. Sin dudas fue él, pero no me detengo pues el baño me está esperando impaciente. Al entrar, trabo la puerta con el pasador y me saco el pantalón con silla dejándolos en el piso. Cuando me doy vuelta, quiero levantar la tapa del inodoro y observo que está pegada al mismo. Busco los tornillos de plástico en la parte de atrás, se los quito y con toda la fuerza arranco la tapa. Después, al pantalón no logro despegarlo de la silla ni viceversa, por lo que me lo coloco con silla y camino hasta la oficina de Abel. Él se recuesta sobre la silla en la que está sentado y la hace girar con aires de triunfo dando vueltas sin detenerse ni brindarme una solución. Bajo las escaleras de entrada con la silla a cuestas ante la risa contenida de algunos curiosos y, al llegar al estacionamiento, me quito pantalón y silla para subir al auto, dejándolos en el asiento trasero. En algún tramo del trayecto a casa, hay un control policial y me veo obligado a detenerme. Una mujer policía me pide la documentación y, al verme en calzoncillos, me pide que descienda del vehículo. Trato de narrarle lo ocurrido, pero no me cree, a pesar de que intento mostrarle la silla detrás. Enseguida, me pide que sople sobre una boquilla de plástico. Pero cuando estoy por soplar, estornudo sobre el uniforme de la agente, quien se ve ofendida y molesta al ver la excreción en su vestimenta y, en un rapto de asombrosa destreza y potencia, me esposa y me sube al patrullero sin que pudiera ofrecer resistencia. La lluvia torrencial que cae mientras viajamos hasta la comisaría me da la sensación de que bajo ese manto de nubes los cúmulos que nos separan se disgregan y se conforman en aquél, pero al llegar, entre dos oficiales, me dejan en un vetusto calabozo confirmando la separación. ¿De qué se me acusa, oficial?, le pregunto. Ebriedad y resistencia a la autoridad, me dice antes alejarse y dejarme en la soledad del mundo y alejado de otros nubarrones.

Amor en llamas

-Decime algo profundo.

-El gordo busca reventar porque se cansó de creer en las filosofías que le vendieron.

-¿Qué gordo, mi amor?

-El gordo Alfio.

-Ah! No lo conozco…

-¡El gordo! En general.

-Igual, no me gustó. Decime otra cosa.

-Realidad es madre de ilusión y abuela de fantasía.

-Eso está bueno. ¿Quién lo dijo?

-Yo.

-Andá. Mirá que lo vas a decir vos… lo habrás sacado de algún lado.

-El hombre que juzga todo raramente es justo.

-¿Por qué?

-Sabe más del vivir una hormiga que lo dicho en un libro de autoayuda.

-Sí, pero no habla.

-La psicología es al bienestar lo que religión a la paz.

-Mmmmm

-Todos tienen los días contados, pero algunos se obsesionan con el almanaque.

-A mi me gustan los que vienen con un gatito.

-La memoria teje el laberinto de lo que nunca seremos.

-Siempre quise ser cantante.

-Las palabras que brinda el orador difieren semánticamente de las del oyente.

-Tengo sueño….

-El hombre que se envuelve en sueños, ni en sueños se despierta.

-Ja ja.

-La risa es el vestigio que han dejado los dioses al abandonarnos.

-Callate. Dame un beso.

-Ósculo abrupto, amor corrupto.

-¡Qué me importa! Decime que me amás.

-Te amo con todo mi ser.

-¡Cerdo! Bésame.

¡Tilín!¡Tilín!

-¡Se despejó!¡Se despejó!
-¿Te enteraste lo que pasó?
Rigoberto se suicidó.
-¡La puta que lo parió!
¿Y La herencia que dejó?
-Su heramana se la quedó.
-¿Con todo?¡Qué lo tiró!
¿Y el cajón, quien lo pagó?
-A eso iba, te toca a vos.
-¡Pero me cago en Dios!