El título te lo debo

Anoche decidí pinchar un neumático cuando regresaba de Bahía y, como previamente había optado por pisar un bache no tenía rueda de auxilio para cambiarlo. Caminé por la banquina, pensando que tendría un trecho de al menos 15 kilómetros para recorrer a pie, pero al rato comencé a sentir mucha sed. Lamentablemente había olvidado la botella de gaseosa sobre el techo del vehículo por lo que preferí aguantar. En el trayecto, un auto colisionó contra una luminaria con justeza, aunque no tenía definido si lo hacía para cobrar el seguro o para que el municipio redujera el consumo eléctrico. Comenzó a llover copiosamente en la región y me pareció preciso porque el día anterior el lavadero al que asistí decidió tener un duelo para poder cerrar. Llegué justo a tiempo para colgar la ropa en el tender. Tenía sólo 4 horas para dormir, como me gusta para no abusar del reposo, antes de ir a la oficina. En la parte más divertida del sueño, como sé que demasiada alegría puede ser nefasta, resolví despertar. Me vestí y oí la bocina de un remisse que tenía intenciones de llevarme a la oficina. Sonó el teléfono y elegí que sea el llamado de un número desconocido. Como soy Claro, atendí. Era un candidato a comprarme el Chevrolet. Había olvidado mi número de teléfono sobre la luneta trasera. Siempre hay que ver el lado positivo, y aunque me ofertó bastante poco por el auto tenía varias cuentas que quería pagar. ¡Vamos, Manaos!