Cuestiones del querer

Es inevitable para todo ser sintiente sufrir al ver sufrir, y mucho más cuando se trata de un ser querido. Sin llegar a ser el mismo sufrimiento que el que lo sufre propiamente, se siente.
Dicho este prólogo, lo que uno quiere del otro intrínsecamente es su presencia. Y esto se hace palpable cuando la idea de muerte sobrevuela. Las variaciones de ese amor ( no se habla sólo de pareja, puede ser un hijo, un hermano, un amigo ) pueden ir desde la forma, la alegría, la dulzura, la verborrea, la tranquilidad o todo lo que ese ‘otro’ nos transmita. Pero, no obstante, cuando el amor es genuino todo eso puede desaparecer dejando al desnudo el hecho de que lo que amamos es la presencia del otro. Te quiero chueco, con un ojo colgando, con pocos dientes, sin pelo, ¿se te cayó el culo? más boludo que nunca, cada día más torpe, aunque no te rías. Claro que me encanta verte feliz, pero todo puede mejorar. Si hay vida, hay esperanza, y por eso hoy quiero que estés.

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Si todo vuelve

Si todo vuelve: ¿Vuelven los choripanes? ¿Vuelve Mingo? ¿Y Aníbal contra los fantasmas? Que vuelva la alegría, la paz y el amor en la hermandad universal. Que exploten los globos y reviente todo de papel picado, que se llenen las plazas de hippies y olor a porro. Que vuelvan los malones de la barbarie a destripar la civilización. Que Don José cruce Los Andes a caballo, a pie o en bicicleta. Que Alvar Núñez cabeza de vaca invite a cenar a los indios. Que atómica sea solamente la felicidad. Que los intereses sean el bienestar, el trabajo y la fraternidad. Que las enfermedades duelan poco y la muerte sea una anécdota. Que vuelva el vino milagroso a partir de jarrones de agua. Que cada resurrección nos encuentre creciendo en lo humano y en conciencia. Que vuelvan las patacones de Patoruzú. Que vuelva el cine proverbial. Que vuelva la música sublime. Que vuelva a nuestros corazones ese sentir sincero de amor por la humanidad, la tierra y todo lo que la habita. Revolvamos los surcos cerebrales para que vuelva lo que nos hace feliz. Y se quede a vivir con nosotros, en esta eternidad de ir y venir, de compartir, de amar lo noble, lo digno, lo bueno, lo bello. Y la verdad. Que sea, en una palabra, realidad.

Se eleva el espíritu, danza el corazón

La vigilia conjuga todas las impresiones que se observan, sean éstas tangibles o virtuales, sensitivas, de palabras y emotivas. La subjetividad determina el valor o la importancia de las mismas, aún sabiendo de antemano de su condición pasajera. Las sensibilidades comulgan cuando hay interés mutuo, cuando aparece el entendimiento, cuando se aproximan las mismas en su nivel de comunicación. Las impresiones exteriores obnubilan la percepción distorsionando la cosa en sí. Atrás en el tiempo quedó la distinción entre virtual y real, conteniendo la realidad todo tipo de virtualidad que en la misma percepción es parte cotidiana de la subjetividad. El hombre es capaz de transformar en algo tangible aquello que pensó. La palabra y el material bruto son las herramientas con las que cuenta para darle forma. Éstas después son observadas y sus impresiones, otra vez, nos llegan como algo exterior a pesar de haber surgido de nuestra interioridad. Las mismas pueden ser obras de arte, exposiciones científicas, inventos tecnológicos y demás. A veces estas impresiones que capta nuestra atención nos invita a darle una importancia más elevada si toca algo más profundo en nuestra subjetividad, debido a que la interioridad creadora, la sensibilidad, es lo que nos une. No nos une en el sentido que por atracción se unen las formas y se funden, sino que es en efecto lo que todos tenemos en común y cuando hay entendimiento vivo a ello se le llama comunión.

En los sueños, amén de las formas que se presentan, esta sensibilidad en los otros se presenta como una emulación de la vigilia de nuestra propia interioridad.

En el origen de toda comunicación, de la comunión, está por encima de todo el deseo,  la unidad de ser.