Pinceladas X

Caminamos por la noche de Pehuen-Có con curiosidad. Los viejos dicen que sólo somos niños, pero ninguno lo cree así, salvo cuando corremos a mitad de cada cuadra ( que parecen de trescientos metros ) para alcanzar el haz de luz del foco que hay en cada esquina y nos tranquiliza. Pero no es miedo adolescente, sino aventura propia de la edad. Correr, sentir escalofríos, vértigo y opacar el silencio. Ya bajo la luz caminamos y nos reímos hasta que se acaba y empezamos a correr hasta llegar a ver el mangrullo. “Vamos que ya llegamos”, dice Paolo, y avanzamos haciendo retroceder la noche y la penumbra. En un momento que creíamos ( sí, en ese momento todos lo creíamos igual y no había disidentes ) olvidado aquello, la misma noche se hizo espacio para cubrir con su manto característico de naturaleza silenciosa y se nos ocurrió ( la idea, probablemente, haya surgido sobre un capilar en particular, pero en una amistad como la de esa edad la mente parece ser sólo una, que se comunica entre sí, a pesar de haber varios cuerpos sobre las cuchetas ) quedarnos despiertos hasta el amanecer y ver la salida del sol sobre el mar. Los grillos nos invitaban a descansar y el debate se prolongó hasta que Christofer se durmió y perdimos un soldado en la batalla contra la oscuridad. Paolo prendió la luz y discutimos el asunto entre los que quedamos despiertos. El reloj de Christofer nos indicaba velozmente que el tiempo corría. Estábamos cansados porque esa tarde le habíamos dado unas pinceladas coquetas al frente del asador de Brown y La Argentina. Nosotros lo llamábamos “El quincho”, pero sabíamos que ése era el nombre de otra parrilla más alejada de la playa sobre lo que sería céntrico. Quedó lindo el azul y blanco a pesar de que le faltaron las letras con el nombre del negocio. Sinceramente, lo desconocíamos. Al dueño lo llamábamos maestro, y sólo nos había enseñado cómo era la construcción del hornero, el trabajo del ave para el alojamiento de sus crías y el aprovechamiento de otras aves luego de abandonado. Todo esto lo hizo cuando todos intentamos derribar uno de ellos sobre un poste eléctrico, sin éxito, por suerte para el ave que hoy se esgrime en los billetes de mil. Después nos tomó cierto aprecio y nos regalaba algunas costillas o algún chorizo, hasta que nos ofreció pintar el frente del local. Teníamos el dinero, la barriga llena, sueño y otro por cumplir. ¿Cuántas horas nos separaban de la salida del sol? Lo ignorábamos pero queríamos averiguarlo. Entre los cedros hay una cama paraguaya que me sirve para reposar mientras hacemos tiempo para no dormirnos. Detrás de los árboles puedo ver las estrellas con la claridad del cristal. Todos son intentos de matar la noche. La luna, las estrellas, los focos –uno por esquina-, la televisión e incluso la música y alguna poesía, y sobre todo, las charlas. Igualmente, susurramos, porque los padres de Christofer duermen y se cansaron de ver el amanecer sobre el mar pero dicen que es maravilloso y debe ser cierto. Pero queremos la experiencia de primera mano. En un momento los susurros callaron y sólo se oye la brisa y los grillos que me acompañan a entrar en ese terreno privado que es el sueño. Al abrir los ojos, sobre un pino, una comadreja me observa con la curiosidad propia de nosotros. ¿Qué le llamará la atención? Quizá ha visto el amanecer. No hay estrellas sobre su cabeza y cuando me muevo un poco se aleja.
-¡Leo! –me dice Ariel- ¡No sabés qué bueno que estuvo!
-¿Son boludos? ¡Por qué no me despertaron! –les recrimino al verlos llegar.
-Tomá, mirá lo que te traje –dice Ariel, entregándome una estrella que devolvió el mar a la orilla del sol.

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).

Pinceladas VIII

¿Queda alguien en Punta Alta que recuerde cuándo se le cambió el sentido a las palabras? Tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar, pero no es un mundo, es un cúmulo, como cada persona. La publicidad lo decía como bondad, porque así se lo suele creer, para no considerar la posibilidad de fraude. Es más sencillo la pasividad de aceptar el engaño que el rol activo de considerarlo. La palabra mundo se refiere al todo, pero ahora sólo se suele utilizar para designar un conjunto, el cual es un reducto. Entre esas cavilaciones andaba cuando llegué al reducto laboral y me vi rodeado de cúmulos, cada uno en su mundo vacío. Pero cada tanto, el hechizo se rompía y nos encontrábamos en el mundo, tal vez por alguna gracia que nos hacía reír o un sentimiento añejo que nos despertaba en la unidad de esa realidad. La única. Pero eso duraba poco y las espacios que separaban unos cúmulos de otros eran abismos en el tiempo que procurábamos cruzar con la cordialidad del ambiente laboral. Aunque sólo era en nuestra imaginación donde estos cúmulos tenían lugar y no en la realidad donde nada nos separaba. Más abajo, estoy separado de mis compañeros por algunas paredes o vidrios cubiertos con cortinas que le dan cierta privacidad a las actividades de cada uno. Pero a mi lado, sin paredes ni cortinas que separen los ambientes está Marisa, que cada tanto baja de su nube y me dibuja una sonrisa. Entonces, le retribuyo con pinceladas de caricias que no ensayé, pero igual la alegran, sin preguntar si fue improvisación pura o espontaneidad natural y me ofrece un café. Acepto sin condiciones y me envuelve una nube de sentimientos mientras la veo alejarse por el pasillo. Después llueven lágrimas y algún sudor por la frente, que seco con el pañuelo bordado, y ahí me doy cuenta que el aire acondicionado no está funcionando. Llamo al encargado del mantenimiento para comunicarle el desperfecto, pero me da ocupado. Me levanto para ir al baño y la silla se me queda pegada en el pantalón. Estimo que ha sido otra broma de Abel. Camino con la silla a cuestas por el pasillo y escucho una carcajada cuando paso por su oficina. Sin dudas fue él, pero no me detengo pues el baño me está esperando impaciente. Al entrar, trabo la puerta con el pasador y me saco el pantalón con silla dejándolos en el piso. Cuando me doy vuelta, quiero levantar la tapa del inodoro y observo que está pegada al mismo. Busco los tornillos de plástico en la parte de atrás, se los quito y con toda la fuerza arranco la tapa. Después, al pantalón no logro despegarlo de la silla ni viceversa, por lo que me lo coloco con silla y camino hasta la oficina de Abel. Él se recuesta sobre la silla en la que está sentado y la hace girar con aires de triunfo dando vueltas sin detenerse ni brindarme una solución. Bajo las escaleras de entrada con la silla a cuestas ante la risa contenida de algunos curiosos y, al llegar al estacionamiento, me quito pantalón y silla para subir al auto, dejándolos en el asiento trasero. En algún tramo del trayecto a casa, hay un control policial y me veo obligado a detenerme. Una mujer policía me pide la documentación y, al verme en calzoncillos, me pide que descienda del vehículo. Trato de narrarle lo ocurrido, pero no me cree, a pesar de que intento mostrarle la silla detrás. Enseguida, me pide que sople sobre una boquilla de plástico. Pero cuando estoy por soplar, estornudo sobre el uniforme de la agente, quien se ve ofendida y molesta al ver la excreción en su vestimenta y, en un rapto de asombrosa destreza y potencia, me esposa y me sube al patrullero sin que pudiera ofrecer resistencia. La lluvia torrencial que cae mientras viajamos hasta la comisaría me da la sensación de que bajo ese manto de nubes los cúmulos que nos separan se disgregan y se conforman en aquél, pero al llegar, entre dos oficiales, me dejan en un vetusto calabozo confirmando la separación. ¿De qué se me acusa, oficial?, le pregunto. Ebriedad y resistencia a la autoridad, me dice antes alejarse y dejarme en la soledad del mundo y alejado de otros nubarrones.

Pinceladas VII

La Punta Alta se aleja de la Bahía Blanca cuando algunos, entre risas, proponen rebautizarla High Peak, subordinando el idioma del que reniegan a tono con las modas de la era. El trabajo se divide en dos: lo que sucede a nivel físico, que es mecánico, maquinal o animal, según se entienda, y lo que sucede a nivel verbal que puede ser de índole similar a las dos primeras o de otra. En éste último, cuando no necesitamos de las palabras para la actividad que se realiza, los temas de versación derivan en pasatiempos imaginarios que nos distraen y entretienen, haciéndonos olvidar de aquello otro. Ahí me pregunto dónde estoy en esos momentos y creo que en ninguno, como en un relato onírico donde todo se conjuga para visitar escenarios paralelos entre guiones de una dramaturga deidad y en otro plano me encuentro yaciendo en la cama a temperatura agradable, a pesar de que en la noche detrás de las paredes la misma no bajó de veintiséis grados y pronto quizás roce los cuarenta. El timbre suena, pero todavía no distingo si es un bocinazo cuando estoy cruzando la calle en el sueño o es la vecina que me quiere consultar una cuestión que la tiene preocupada. Abro los ojos y ahora tengo sólo una alternativa: ir a abrir la puerta. Me mira un tanto turbada porque la impresión que le da mi cabellera no suele verla en las imágenes que a diario le depara su atención, salvo en algo que se muestre como algo exótico o cómico. Cuando sale del letargo me pregunta si no me dejaron alguna correspondencia certificada para ella, pero ahora me toca salir a mí y despegar el cerebro del espectáculo natural del sueño que todavía sigue rondando como un recuerdo leve y borroso que, finalmente, me deja rebuscar en lo sucedido el día anterior y recordar que dejé aquella correspondencia en la mesita del teléfono. Se la entrego y se despide con simpatía y agradecimiento, tras lo cual cierro la puerta con llave del lado de afuera y me subo al auto para no llegar tarde al trabajo. Pero al llegar enseguida me doy cuenta que otra vez es lo mismo que el día anterior, por lo que no tengo tanto apuro, regreso, me afeito, me ducho, me visto y me tomo un café escuchando el piano de Bill Evans, y ahora sí, voy al trabajo. O al menos allí parece que estoy cuando mi compañera Marisa me besa con la dulzura de una amistad o cuando un bochinchoso ruido me llama la atención, sin alcanzar a determinar si fue un portazo, una ventana que cayó o un estampido en el estacionamiento. Pero es suficiente para entender que hay vida. Después me olvido y continuó con lo que estaba. ¿Y dónde estaba? Ah, claro, estaba cruzando una calle cuando de repente oí un bocinazo, que para algunos resulta más fácil que pisar el freno, incluso en sueños. Sin embargo, en éste caso el conductor no me estaba apurando el cruce, sino que lo hacía en señal de saludo y al verlo, me doy cuenta que es un tío al que hace rato que no veo. Cruza la calle y estaciona junto al cordón, tras lo cual se baja y me da un abrazo con su alegría inconfundible. Me habla en ruso, o por lo menos, asocio esos sonidos que no comprendo a tal idioma porque alguna vez visitó Moscú, recuerdo bien. Pero no puede ser… porque los recuerdos quedaron allá abajo, sobre la almohada. Entonces empiezo a desconfiar, la visión se turba un poco y ahora que lo miro bien, no es mi tío fallecido, sino un antiguo jefe que tras el retiro se radicó en Noruega y hoy está de visita. Me despido alegando llegar tarde al trabajo y nuevamente me saluda estrechándome en un abrazo. No alcanzo a cruzar la calle y veo que Marisa detiene la camioneta delante mío y me hace señas para que suba. Miro con suspicacia. ¿Otra vez suena el timbre? Esto ya lo soñé.

Pinceladas VI

Estoy observando una cara en el espejo. Parece un rostro conocido, con un gesto que no habla, pero interpreto por sus arrugas que hoy le pesa la vuelta al trabajo. La doy vuelta y es una seca. Podrá contar con el deceso de alguna madre o de alguna esposa, si es que se toman la molestia de despedirse en un día como hoy, donde toca regresar al trabajo. Pero eso no sucede. Nadie se brinda cuando es necesario sino que lo hacen en momentos inoportunos. Navidades y cumpleaños, o cuando están cerrando el negocio de sus vidas. Qué se le va a hacer, decía un maestro hindú. Pero en Punta Alta no hay maestros y la India es un lugar inhóspito que no visitaría ni vacunado. Hay otra posibilidad que se baraja para extender las vacaciones que como estrategia legal es factible: dar parte de enfermo. El problema es conseguir un médico que me firme que tengo rubiola, zika o mal de chagas. Lo descarto y me termino de afeitar. No queda otra que poner el hombro, bajar la cabeza, ajustar el cinturón, lustrar los zapatos y mirar de frente el problema. Y ahí estoy otra vez en los límites de un espejo empañado por el vapor que expidió la ducha. Prendo la radio para escuchar a alguien que despotrica contra los políticos, los de ayer y los de hoy. El desayuno no está servido. Qué raro. Ahora recuerdo que mi mujer ya no me acompaña, pero qué habrá pasado con mis hijas siempre tan atentas… Bueno, lo más probable es que estén cuidando a sus nietos ahora que lo pienso. Y siguiendo esa línea resulta irrefutable que a esta altura ya no tengo que ir a trabajar. Por un momento me quedé como suspendido en otra época, de menos colores, menos luces, menos palabras. Menos tránsito también. Estoy esperando que el semáforo cambie a verde para poder cruzar. Febo asoma. Un ruido ensordecedor me hace mirar hacia arriba para ver qué sucede en el éter y comprobar que es un helicóptero el que se desplaza por allí. Detrás una bocina se deja oír. Miro el semáforo y sigue en rojo. El chofer del remisse se impacienta porque su próximo pasajero no sale de la casa. Una señora pasa caminando por la senda peatonal con cierto apuro. Observo de reojo el semáforo sobre la calle perpendicular y veo que está en rojo al igual que el que me habilitaría el paso. Es un momento de incertidumbre que un peatón se lo toma con humor. No hay malabaristas a esa hora, ni gente que te ensucie los vidrios, pero justo una paloma sobre el tendido eléctrico se ocupa de ello. Apago la radio, prendo el aire y miro la hora. Ahí me veo cruzar la calle saltando con un portafolios negro y guardapolvos blanco yendo a la escuela alegremente. Los dioses juegan con la imaginación y el hombre se divierte. Enfrente en lo más alto hay una pantalla que transmite anuncios publicitarios. Un motor levanta las persianas del comercio que está debajo. Al lado, hay un muro con algunas pinceladas que simulaban algún tipo de flores de colores y un verso dícese poético, y a mi lado, de un automóvil oscuro, se oye electrónica dícese música. Prendo la radio, apago el aire y oigo la hora. Se me va a enfriar el café. Finalmente, alguien aprieta el botón del verde para darme el paso. Acelero y ya no hay semáforos que me detengan en el tiempo ni espejos que me anticipen cuarenta años ni imaginación que se retrotraiga otros tantos. Bajo del auto y activo la alarma. La voz metálica me dice en qué época estamos. Vibra mi celular en el bolsillo del pantalón. Es un mensaje que me recuerda el vencimiento de la factura telefónica. Escucho un clarín cercano, o es una trompeta, pero no tengo tiempo de mirar. Justo a tiempo, marco tarjeta y sello el fin de las vacaciones.

Pinceladas V

Parejas, familias y amigos están congregados alrededor del mate en torno a una estatua de San Martín que pronto será reemplazada por la de un yaguareté o un guanaco autóctono. A la historia siempre se le puede agregar un antes, como lo hacían las hipótesis paleontológicas ampliamente difundidas y aceptadas, total pocos se iban a dar cuenta del fraude y si se lo contradecían abiertamente se los iba a tomar por locos. Por eso había que andar con sigilo. En el monumento había varios grafittis que las últimas pinceladas no habían alcanzado a cubrir bien. Una niña andaba en bicicleta y un chico lo hacía en una patineta eléctrica, ambos contentos y sin dilemas en su inocente pureza original. Desde esa posición en el parque se pueden observar las construcciones alejado del ruido de la ciudad e impregnado por la vida natural que allí se presenta. Pero había que volver, hay que volver tarde o temprano. Bajé por la pendiente hacia la calle 11 de septiembre y varios obreros de la construcción hacían su aporte a la arquitectura puntaltense. Ruidos de palas, mazas, cortafierros, taladros, amoladoras y hasta alguna hormigonera en tan solo cien metros daban cuenta del ajetreado trabajo de los albañiles y sus peones con el que finalizaban las labores esa tarde. Desciendo la empinada calle Espora y por delante cruza un colectivo repleto de hinchas con banderas y entonando cánticos o insultos cantados. Es una visión de otro tiempo, en enero no hay fútbol en la ciudad. Igual me parece que son fanáticos de Comercial de Ingeniero White. Algunas  luces del tendido eléctrico ya se encendieron a pesar de que todavía el sol no bajó. Para contribuir al ahorro de  energía que propone el gobierno le pido una gomera a un chico que se entretiene tirándole a unos pájaros y en el primer intento le doy al foco. Por un momento soy el niño que no sabe nada del vandalismo que se habla en las noticias. Intercambiamos roles, avanzo y me alejo. Me detengo frente a la fachada de una casa mal pintada. Por el ladrido de los perros me doy cuenta que es mi casa y me observo a través de las paredes sentado escuchando música de Bill Evans que los sonoros escapes de las motocicletas que pasan por la cuadra no permiten apreciar en plenitud. Atravieso las paredes y estoy otra vez en la vereda caminando. Mis hijas me saludan al llegar con amigas e intercambiamos besos y una breve conversación acerca de dónde andaba cada uno, cómo estuvo el día y otros diretes. Sigo con rumbo oeste según indica la brújula, ahora apurado porque son las últimas horas de vacaciones y aún no me fui. Me topo con una bella mujer, que a su vez es dios. Algún distraído puede pensar que es un travesti. No es así. Me dice que el hombre está condenado a vivir. No la escucho más a pesar de que me sigue hablando y continúo caminando. Llego a las vías tapadas por la tierra y miro para ver si viene algún tren, por las dudas. Con tantos cambios uno nunca sabe cuál es el último tren que pasa en la vida. Subo al terraplén y detrás del alambrado la figura de un soldado con un perro ambos pintados de negro mate, en un cartel, me dicen que el paso está prohibido. Emprendo la vuelta para ver qué señala el exiliado General.

Pinceladas IV

Seguí caminando mirando hacia la Punta Alta bajo un cañón escondida en la Base Naval. Cuando el tiempo sobra, el trabajo escasea. No tenía inquietudes pasadas ni por venir, pero igual los pensamientos se debatían en el tiempo. La nostalgia me dice que el pasado fue más feliz. La esperanza señala al futuro como el tiempo promisorio. Ambos divagues sirven para evadir el presente que se presenta como aburrido y a lo atemporal como inexistente, cuando es lo que le da el toque de sentido al mero vivir. Pero la tendencia social es la acaparación, y no me quería quedar sin mi pedazo de la torta. Entré a Zama y pedí una porción. En el camino pasé por el supermercado chino sito en calle Rivadavia también y compré yerba para un mes y, por supuesto, para esa tarde también. La joven que estaba en la caja no hablaba bien el español pero los números los manejaba a la perfección. Cuando salí pasé por la última calesita en estado de semiabandono. Había un revistero en el cual compré un libro que me llamó la atención. No fue por el título, ni por el autor, ni siquiera por el diseño de tapa. Era de una editorial uruguaya que había publicado un libro más que interesante de un autor de aquél país. Torta, mates y un libro me decían que no era una tarde más. De pronto empieza a llover y lamento no haber salido en auto o no haber tenido la precaución de mirar el pronóstico del tiempo. A los chicos que hacen piruetas en patinetas sobre el edificio del registro civil no les importa. Busco refugio bajo un toldo y espero un remisse. Por suerte el libro vino envuelto en nylon por lo que está protegido contra el agua. Si es malo tal vez me sirva para dar comienzo a un asado en alguna oportunidad. Todo es sagrado hasta que sabe a impureza. Los pocos paraguas que veía habían crecido en tamaño con respecto a otros más antiguos. Alcé la mirada al cielo y todo arriba se había tornado gris, a excepción del blanco de la iglesia María Auxiliadora. El auxilio que esperaba de un remisse se hacía desear. Extrañamente cuando llueve no se oye música en las calles y el sonido de la lluvia prevalece junto con el de los motores que transitan por el asfalto. Pasa un remisse y le hago señas. Se detiene, por suerte, y me traslada a la vivienda. El chofer va escuchando debates de la actualidad social que pronto serán olvidados. Por lo menos se entretiene durante el viaje diario. Las esquinas presentan abundante cantidad de agua, pero todos pasan con cuidado. Llegamos pronto a casa y me despido cuando me estoy bajando del coche. Abro la puerta y rápidamente compruebo que se me cortó la luz. Le pregunto a la vecina, que sale con un paraguas, si ella tiene y me responde que no, también se le cortó. Entro tranquilo y recuerdo aquellos tiempos en que los cortes eran frecuentes cuando llovía y se propiciaba un encuentro diferente familiar iluminados por la luz de una vela y con una radio a pilas. Después volvía la televisión y las burbujas. En esos tiempos me topé con un disco de Sex Pistols que nunca escuché titulado “La estafa continua” o “La estafa continúa”. Un acento puede significar una gran diferencia, a saber, que puede denotar que la estafa es persistente o casi permanente, o bien que en algún momento comenzó y aún sigue vigente, pero con el indicio de que tendrá fin. A fin de cuentas, lo que cuenta es que había una estafa en curso y me dispuse a investigar.