El juego de los medios

Los medios proponen el juego, el joven de imaginación acelerada se prende; todos se anotan a divulgar y difundir qué se ha dicho, qué se dice, qué se supone, qué se habla. El juego es un direte, una parafernalia de dimes, un trascendido de opiniones, un montaña de juicios que se intercambian a la luz del día, al caer la noche, cara a cara o pantalla mediante. Si se ven palos a la gente, de ejemplo, lo que cuenta no es eso sino lo que se supone que han hecho para merecerlo. Todos merecemos algo, algo mejor, algo peor. Si se sacan las pensiones, se dice que eran todas truchas; si militan, buscan el choripán gratuito; si se quedan sin empleo, deberían buscar la felicidad en otro ámbito o son todos ñoquis; y así, siguiendo, los hechos ya no tienen peso, todo se queda estancado en el nivel de la palabra, pero no de la palabra que trasciende esos hechos, sino de la opinión y la valoración. El carácter de humano no aplica a mercenarios, donde lo que importa es el número, la cantidad, el papel a contar. Para ellos, siempre hay una justificación para lo degradante, lo aberrante, lo inenarrable, y eso es lo que se pondera por encima de los hechos. La justicia es para quien tiene cómo costearla, y el resto que se joda bien jodido. El chico piensa en sí y actúa para sí como modo de protección, de defensa, de autopreservación; pero al crecer no siempre esa condición infantil cambia en pos del bienestar de la totalidad. ¿Para qué se cobran impuestos? ¿Para pagar intereses a los apostadores financieros o intereses de deuda centenaria? Está bien que el grueso no sepa ni le interese la macroeconomía, pero actuar de modo justo es lo que hace a la sociedad más justa, si es que a alguien le interese que haya algún tipo de justicia. Pero parece que no, que a nadie le interesa ser justo pero reclama la justicia cuando lo imprevisto le sobreviene o lo toca de cerca. Nadie quiere al parecer salir del confort y la minucia de su propio ombligo. Es bueno cuidar lo propio, su familia, sus amistades y seres queridos, pero a la hora de pensar, el resto no puede quedar afuera, a la deriva, a que se ocupe tata Dios, la Providencia, o el mercado, porque es claro que no lo hará. Es lógico que los funcionarios se llenen la boca hablando de ello, tanto entre gobiernos como entre episcopados, porque de eso viven muchos, pero en los hechos se ve el desinterés. La gente lo que tiene en concreto es a la gente, primero a uno y después al resto. Primero uno, que no es poco, ya que es el terreno donde se puede trabajar y todo puede florecer y fructificar. Y después la gente para compartir flores y frutos. ¿ Hay algo que tenga mayor sentido ? La felicidad, en todo caso, es un terreno de doble vía, una avenida para compartir, bienes, dones, conocimiento, sentimiento. En los medios, lo que sucede es parecido a lo que le pasa a los caballos que tienen la vista forzada a mirar recto el camino: el medio propone y te deja un estrecho espectro de pensamiento para moverse y no salir de ahí. Una dualidad donde todo es malo/bueno, lindo/feo, útil/inútil. Esto es reducir la posibilidad inagotable de la conciencia a un mero clic, donde el televidente es un péndulo oscilante entre me gusta y no me gusta.

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