Desvaríos varios

Estaba pensando, y cuando empiezo a pensar todo gira vertiginosamente, incluso la cabellera, los vellos nasales y púbicos, se me eriza la piel, las uñas se agrietan, las pupilas se dilatan y el iris cambia de color, en fin, todo se revoluciona como la gente a la hora de votar, cuando se excita con alguna esperanza e ilusión de que todo va a mejorar sabiendo, no obstante, que difícilmente lo haga, y no es por ser pesimista, sino que está comprobado científicamente ( y la ciencia por más que nos caiga mal no se la puede catalogar de pesimista, sino más bien un exacerbado realismo ) que la tendencia es a la decrepitud cultural, al abismo episcopal de la estolidez. ¡Oh hermanos! ¿Qué futuro les espera a nuestros nietos? Deberán pagar en dólares las deudas contraídas por un grupo de desfachatados, qué digo nietos, ¡bisnietos! ¡tataranietos! Que deberán dedicar su tiempo a la maquinaria productiva tan sólo, no para su subsistencia, para la subsitencia del sistema. Y qué decirles a ellos que aún no han nacido, ¿deberíamos abrir el debate espontáneo de legalizar el aborto? ¿Y quién va a pagar la deuda centenaria? Otro de los temas que nos apabulla a diario es ¿dónde está todo lo robado? ¿En Calafate? ¿En Panamá? ¡Qui lo sa! En ésta varieté se vota lo menos pior. Antes había políticos de todos los tintes y estigmas, pero los actuales dicen no ser políticos, tonces, ¿qué mierda son? ¿Presarios? ¿Negociantes? ¿Mequetrefes? ¿Dadivosos? Nadie lo sabe, es una de las incógnitas de la posmodernidad, como aquella que inscribió en la historia la simpatía por los globos amarillos. Votemos, apresurémonos a votar, que el hambre arrecia y el dólar sube. Despidamos la época del salario que se medía cara a cara con la inflación. En la actual, no cuentan los salarios sino los réditos y los dividendos, esos nunca cotejan con la inflación porque son otros números, números generalmente primos y en moneda estadounidense, fuck. Mi perro no come soja, el canario tampoco, el chancho del vecino menos y mis amigos la detestan; no obstante el precio de la soja marca las tendencias del mercado del dólar futuro, si serán turros, y consecuentemente llevan a los alimentos ( esos que comen todos ) a la alza constante cotidianamente que nada tienen que ver con el pinche 11 por ciento de inflación del que habla el Indec. El Indec no es que mienta, sino que apunta a otra nicho de gente. Nosotros los boludos, creemos que miden la inflación para que saquemos conclusiones: “Bueno, no es tan alta”; “4 mil de gas se puede pagar”; “Hay gente que está peor y sin trabajo”, etc. Pero no, los índices sirven de base para otros negocios ( ya no hablamos de negociar salarios, tómalo o déjalo ) financieros, especialmente para inversores de alto rango, que son los que pagan los medios y la información que circula para mantener a la sociedad en cautiverio. Y si hablamos de cautiverio, pronto tendremos horneros en nuestras billeteras ( bueno, los más afortunados entre quienes aún utilicen moneda local ) y por qué no guanacos y tarucas. Qué lindo, no me digan que no. No me digan que no estaban cansados de ver a Rosas & Co. Porque nadie ha hecho por la patria más que los que señalaban, como una especie de Indec literario, los desmanes que hace en la región el neoliberalismo y sus agentes, locales o mediáticos, engañando al pobre perejil como uno, que vota y se cree, control remoto en mano, que está eligiendo algo cuando la mayoría ya optó por él su destino. Y qué va a ser, mi viejo, la tenemos adentro… a la patria. Y para conocerla mejor, qué mejor que recorrerla para saber de primera mano cómo todo se hunde, que lo hecho dura cuatro años y después cualquiera lo tira por la borda, jugando con la ilusión de quienes observan la realidad y el sufrimiento como si se tratara de una película. Por eso es una suerte que todo se vaya llenando de bicisendas, porque podremos recorrer las viñas del Señor sin tener que costear los aumentos bimestrales de combustible. Pero estoy pensando todo desde el punto de vista monetarista y me desvío del foco de atención que me llevó a plasmar en éstas líneas lo que les iba a contar. ¿Y qué les iba a contar? Ya no recuerdo. ¡Pucha! En fin, tendré que inventar algo, crear algún tema que cale hondo, sacar un conejo de la galera… podría ser. El hombre apegado a lo terrenal, se arrastra, piensa bajo, vive entre gusanos y cucarachas y aplaude a los roedores de la civilización, cuyo estigma es sobresalir entre aquellos que serpentean. Aquél que ve un pájaro volar, cuyo pensamiento se eleva y no se limita a la tierra, que surca los cielos, los mares, el espacio sideral, ese corre el riesgo de caer entre gusanos, pero nunca olvida el infinito y paciente cielo. Por eso es importante alzar la vista y mirar los corazones de la gente, no la vestimenta y el maquillaje. Sentir que su dolor es mi dolor, su sufrir es mi sufrir, entonces ahí se puede hacer algo y la palabra puede llegar. Porque es ahí, en el inmenso corazón existencial, donde nos reencontramos en la unidad del Ser. En síntesis, es donde verdaderamente vivimos y nos fundimos.

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