Pinceladas X

Caminamos por la noche de Pehuen-Có con curiosidad. Los viejos dicen que sólo somos niños, pero ninguno lo cree así, salvo cuando corremos a mitad de cada cuadra ( que parecen de trescientos metros ) para alcanzar el haz de luz del foco que hay en cada esquina y nos tranquiliza. Pero no es miedo adolescente, sino aventura propia de la edad. Correr, sentir escalofríos, vértigo y opacar el silencio. Ya bajo la luz caminamos y nos reímos hasta que se acaba y empezamos a correr hasta llegar a ver el mangrullo. “Vamos que ya llegamos”, dice Paolo, y avanzamos haciendo retroceder la noche y la penumbra. En un momento que creíamos ( sí, en ese momento todos lo creíamos igual y no había disidentes ) olvidado aquello, la misma noche se hizo espacio para cubrir con su manto característico de naturaleza silenciosa y se nos ocurrió ( la idea, probablemente, haya surgido sobre un capilar en particular, pero en una amistad como la de esa edad la mente parece ser sólo una, que se comunica entre sí, a pesar de haber varios cuerpos sobre las cuchetas ) quedarnos despiertos hasta el amanecer y ver la salida del sol sobre el mar. Los grillos nos invitaban a descansar y el debate se prolongó hasta que Christofer se durmió y perdimos un soldado en la batalla contra la oscuridad. Paolo prendió la luz y discutimos el asunto entre los que quedamos despiertos. El reloj de Christofer nos indicaba velozmente que el tiempo corría. Estábamos cansados porque esa tarde le habíamos dado unas pinceladas coquetas al frente del asador de Brown y La Argentina. Nosotros lo llamábamos “El quincho”, pero sabíamos que ése era el nombre de otra parrilla más alejada de la playa sobre lo que sería céntrico. Quedó lindo el azul y blanco a pesar de que le faltaron las letras con el nombre del negocio. Sinceramente, lo desconocíamos. Al dueño lo llamábamos maestro, y sólo nos había enseñado cómo era la construcción del hornero, el trabajo del ave para el alojamiento de sus crías y el aprovechamiento de otras aves luego de abandonado. Todo esto lo hizo cuando todos intentamos derribar uno de ellos sobre un poste eléctrico, sin éxito, por suerte para el ave que hoy se esgrime en los billetes de mil. Después nos tomó cierto aprecio y nos regalaba algunas costillas o algún chorizo, hasta que nos ofreció pintar el frente del local. Teníamos el dinero, la barriga llena, sueño y otro por cumplir. ¿Cuántas horas nos separaban de la salida del sol? Lo ignorábamos pero queríamos averiguarlo. Entre los cedros hay una cama paraguaya que me sirve para reposar mientras hacemos tiempo para no dormirnos. Detrás de los árboles puedo ver las estrellas con la claridad del cristal. Todos son intentos de matar la noche. La luna, las estrellas, los focos –uno por esquina-, la televisión e incluso la música y alguna poesía, y sobre todo, las charlas. Igualmente, susurramos, porque los padres de Christofer duermen y se cansaron de ver el amanecer sobre el mar pero dicen que es maravilloso y debe ser cierto. Pero queremos la experiencia de primera mano. En un momento los susurros callaron y sólo se oye la brisa y los grillos que me acompañan a entrar en ese terreno privado que es el sueño. Al abrir los ojos, sobre un pino, una comadreja me observa con la curiosidad propia de nosotros. ¿Qué le llamará la atención? Quizá ha visto el amanecer. No hay estrellas sobre su cabeza y cuando me muevo un poco se aleja.
-¡Leo! –me dice Ariel- ¡No sabés qué bueno que estuvo!
-¿Son boludos? ¡Por qué no me despertaron! –les recrimino al verlos llegar.
-Tomá, mirá lo que te traje –dice Ariel, entregándome una estrella que devolvió el mar a la orilla del sol.

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