Bifocal

-¡Carlos! ¿Qué tal, cómo te va?

-Mal.

-Tratá de pensar en positivo.

-El pensamiento bipartito no funciona en mi. La respuesta que te di viene a colación de los últimos resultados. Sintonizar la corriente neuralgica que recomendás no vaticina modificar lo acaecido. Más allá de lo expuesto, me siento bien.

-¡Viste que podías! Querer es poder.

-Tu grado de concepción es vetusto. Las cosas no tienen sólo dos lados, ni siquiera un aguja o un pajar. Todas tienen muchos más y abarcarlos todos es harto imposible. Asímismo, la contemplación de ellas es un fenómeno abierto al público que se acerca a su comprensión. Ver las figuras a través de sus lados es una práctica matemática aplicada a la charla banal que proferís. Negar un punto de vista por relegarlo a la negatividad sería como ahondar en la inabarcable clínica vocabularia de un sólo espécimen. Al tacharlo, tu conversación se reduce a un sesgo infantil que toca lo pueril. De optar por no escuchar tales aseveraciones harías un mayor aporte a la cultura que al darle continuidad a conceptos tan vulgares como los dichos.

-¿Qué te pasa, Carlos? ¿Te sentís bien?

-La atención es la mano derecha de la inteligencia. La podés emplear. La bipolaridad del pensamiento no existe en el plano fáctico. Es un invento del positivismo y la fachada sonrisoidal que grafica la época para descartar todo tipo de inflexión en los surcos cerebrales y reducir al mínimo toda posibilidad de reflexión, hostias, necesaria. La época no da tregua, la luz de hoy obnubila.

-Si, a veces se me cierran los ojos mirando el celular…

-La sensación de culpa tras acciones pasadas es un defecto intelectual. La idea de error u omisión la introdujeron unos cuantos infelices que pregonaban corrientes coloquiales que en su época estaban al día como la que hoy te atrae. El rechazo a la felicidad genuina y a la inteligencia innata es un pacto del intelecto retráctil con la estolidez que circunscribe la ideología sociocultural en cada era. En época de esmaltes bien iluminados y espíritu opacado el aplauso degrada la brillantez, el elogio tritura lo luminoso. En momentos así, callar amansaría a las fieras.

-Carlos, ¿no me prestarías mil? Este mes me quedé corto para pagar el agua.

-No tengo un mango, pero tratá de pensar en positivo. Si lo querés pagar vas a ver qué podés. Y si te sentís mal, apagá un cachito el celular. Sí, se puede.

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