Pinceladas I

3685119024_9b0abb509epasoEn Punta Alta no quedan bares de mala muerte. Los beodos perdieron su lugar de encuentro de estaciones pasadas con sus pares y ahora su soledad es más angustiante. Cada tanto te cruzás a uno que te dice que venimos necesitando un cambio, aunque no aclara si habla por los de su condición. La vecina trata de hacerle entender que el cambio ya se plasmó mostrándole las últimas boletas de luz, pero él saca un puñado de billetes arrugados y hace la cuenta para ver si le alcanza para otro vino y se aleja, así, por un rato de sus preocupaciones. Tampoco quedan casas de mujeres de mala vida. Las fachadas de las construcciones donde se alojaban invitan a otro tipo de esparcimiento y ellas han aprendido el arte de vivir. Un infante corre a la par de otro que, subido a una bicicleta, también aprende de las caídas. Las pocas edificaciones más altas no llegan a treinta metros de altura, pero las miradas de los pobladores más veteranos que deambulan por la aldea dibujan una parábola descendente que se pierde irremediablemente a un paso de distancia de la punta de sus zapatos, rememorando lo que pudo haber sido y con una incertidumbre que pesa sobre sí desde un tiempo inmemorial: qué será. Acelero al cruzar la esquina y escuchó que un pibe grita “auto”. El que está frente a él recoge la pelota y corre hasta la vereda. Pegarle al asfalto duele como la puta madre, pero ver la pelota ingresar pegada al palo ante la estirada del arquero te hace olvidar el dolor con la satisfacción de un logro infantil en el imaginario de llegar a grande un día. Un joven encera el auto al ritmo de un reggaetón en la vereda, ahí donde quedó el cantero en el que bajo un olmo la sombra de un hombre de pelo blanco vestido con una musculosa que hace juego con su cabello está tomando mates con el vecino y ven pasar un muchacho en bicicleta que de su bolsillo un tango interpretado por una banda de rock los retrotrae cincuenta años. Te acordás hermano… le pregunta un feligrés frente a casa cuando salen de la misa. Pero no, el otro no se acuerda. Prendo “Volver” y las tabacaleras están en la cúspide del negocio. Un amigo me dice que para estar tranquilo tengo que fumar. Él no lo hace, pero me prendo un cigarrillo y le doy la razón. Recojo los zapatos que compré hace dos meses y los llevo al zapatero Heredia. Cuando llego me doy cuenta que pusieron una verdulería ahí donde estaba el taller. Aprovecho que bajó el tomate y me llevo un kilo. En la esquina está parado un patrullero. Parece que hubo un choque. Los curiosos se acercan a ver qué pasó y entre ellos estoy parado con un par de zapatos rotos en una mano y una bolsa con tomates en la otra. Ningún herido por suerte, me dice una señora, pero mire cómo quedaron los autos. Miro un rato y luego emprendo el camino de retorno con tiempo a favor y viento en contra que les hace trabajar el doble a los barrenderos municipales. El ruido vehicular es una constante a esa hora, pero los domingos en la calle reina el silencio. Suena una alarma mientras atravieso toda la cuadra a pie. Después no la escucho, no sé si la desactivaron o es un sonido que ya no me llama la atención. Pasan un par de atletas. Los reconozco por su vestimenta fluorescente, antes era más difícil saber qué hacían. Hay un muro pintado con una obra de un artista local. Más adelante del trayecto otra pared tiene inscripciones con aerosol. Nombres y una declaración de amor fechada que quedó en el tiempo. Me detengo antes de cruzar la esquina porque viene un colectivo con dos pasajeros que se están por bajar por la puerta delantera. Después cruzo a paso firme. Antes de llegar unos gorriones y alguna torcaza despegan del césped y emprenden vuelo hacia un árbol enfrente. En la puerta me dejaron un impuesto para pagar y el diario enrollado que también tengo que pagar. En uno leo que aumentó y en el otro alcanzo a ver en un titular que subió el dólar algunos centavos. Busco la llave para abrirla y no la encuentro, ni tampoco la billetera en la que me quedaba un billete de Rosas nomás y dos monedas. Creo. Le pregunto si tienen hora a unos jóvenes que veo tomando una cerveza enfrente. Dejo los zapatos en el canasto donde pongo la basura y vuelvo a la verdulería a buscar las llaves. Se me hace tarde para dormir la siesta.

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