Analógica

tv

La televisión es a la poesía
lo que el petróleo a la gastronomía
un escarbadientes a la meteorología
el transistor a la rumorología
un pan dulce a la manicuría
un coliflor en la contaduría
un celofán en la verdulería
publicidad en la vasectomía
vino tinto en la espeleología
querubín en la supremacía
un canguro con algarabía
un talibán viajando en un tranvía
un trapecista en la zapatería
mi vieja hablando con tu tía
un túnel de sólo una vía
un lago sobre la sequía
caramelos en tu boca fría
un color al calor del día
una estufa a la filosofía
los cordones a la simbología
un minuto en la peluquería
un parlante al lado de su cría
el sedante que ni él se creía
proyecciones de muerte tardía
una vida de la ingeniería
entretiene como una poesía
que se extienda en su habladuría.

Pinceladas II

conte

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Nuevas definiciones de la RAE

Tomá nota, gilpastrún.
1985710

Extractor: antes era tractor.

Destilado: se le extrajo el tilo.

Tetina: bañadera cubierta de té.

Condorito: acompañado por snacks.

Inteligencia: todo aquello capaz de conectarse a internet.

Internet: virtual contenedor de contenidos que contienen o no, en sí mismos, algo no contenido en otros ámbitos./ Urdimbre conectada de computadoras y microcomputadoras que facilita la propagación de conceptos entre la gente./ Medio electrónico indispensable para la supervivencia del bacilo de Koch.

Mate: fin del juego./ Elimine./ ( Arg., Uru. ) Bebida caliente propia del holgazán criollo.

Lectura: obsoleto entretenimiento cultural de algunas élites marginales.

Oscuridad: dícese del momento en que falla el celular o se queda sin carga.

Nada: expresión para ocultar desconocimiento de lo que expreso alegando estar a la moda.

Will, i am Jack Espir

Ceo no ceo, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir las balas de goma y los garrotes de las fuerzas o alzar la voz contra un mar de medios entretenidos y oponiéndose a ellos, concluir? Vivir, comer… nada más; y con un bocado poder decir que acabamos con el sufrimiento del estómago y los mil dolores que en la naturaleza del pensamiento se hacen carne… Es un final sinceramente deseable. Vivir, comer, comer… quizá descomer. Ahí está la dificultad. Ya que en ese descomer vital, las heces se pueden ir cuando nos hayamos despojado del dolor de este hambre vívido que nos hace retomar el impulso a comer. Ahí está el respeto que hace de una larga hambruna una calamidad. Pues quién soportaría los latigazos y los insultos del gabinete, la injusticia del represor, el desprecio del ex ministro antigrasa, el dolor penetrante de una bala de goma, la mudanza de la ley, la insolencia del decreto, y los insultos que por mérito obediente percibe indigno cuando él mismo podría blanquearlo con un familiar. Quejarse y sudar bajo una vida pesada, por el temor al despido después de la flexibilización ( un país por descubrir de cuya frontera ningún trabajador vuelve ) aturde la voluntad y nos hace soportar los males que callamos en vez de gritar las mañas de los ceos. La conciencia nos hace cobardes a todos. Y así, el nativo color de la solución enferma, por el rostro pálido del pensamiento de las empresas de gran preponderancia y peso que los medios prefieren, sus corrientes se malogran y pierden al hombre de acción.

Stanno tutti bene

Ils vont tous bien! Stano tutti bene 1990 rŽal. : Giuseppe Tornatore Marcello Mastroianni Collection Christophel

Hoy les presentamos el film “Están todos bien” ( Stanno tutti bene ) de Giuseppe Tornatore. Un hombre mayor, jubilado ( Marcello Mastroianni ), decide recorrer el país a visitar a sus hijos para ver cómo viven en sus distintas ciudades. En su recorrida encontrará bajo una fachada de prosperidad una profunda tristeza ( a pesar de la alegría que revolucionó sus actos, bailes incluidos ) e insatisfacción en sus hijos y sus famiglias. El periplo es por demás elocuente, ya que recorre en poco más de veinte años unos setenta mil millones de kilómetros en moneda local y corriente, que se reducirán a un exiguo uno por ciento, a costear en treinta años. De todos los hijos que visita, hay uno que le llama la atención, no por sus simpáticos decretos, sino por la habilidad para distraer a los medios de las medidas que, como funcionario público, decide tomar, acompañando con un uvasal a su ministra twittera. Entre ellos se destacarán los flamantes cesanteados por incompatibilidad con el modelo, la quita de retenciones de la que se prohíbe hablar públicamente, la reducción de medicamentos a la veterana población, el alza desopilante de tarifas excluyentes, la inacción ante la desbordante inflación y demás excentricidades del bailarín, contrarrestando el malestar estomacal con vacaciones cada siete días, con algún festejo encubierto. El hombre encontrará que la pobreza en realidad es una distorsión de la comprensión de la realidad, por lo tanto la misma equivale a cero. Nadie es pobre, todos tienen amor para dar. Y, a excepción del hijo con problemas de salud en sus costillas, están todos bien.
Vea Están todos bien, desde ésta noche, en todos los cines bien del país.

De colección

col

Éramos chicos para algunas cosas, pero no tanto para otras. Sin embargo, en ese tiempo, a la cerveza le sentíamos gusto a pis de gato. O al menos eso es lo que creíamos, ya que nunca habíamos probado pis de gato ni lo pensábamos hacer. No obstante, había una corriente que nos llevaba a coleccionar latas de cerveza y, en un comercio algo lejano vendían unas latas que no teníamos y las queríamos a toda costa para llenar nuestras habitaciones. Juntamos nuestros ahorros y compramos tres latas. No queríamos la cerveza, que sería nuestro néctar predilecto de otras noches, sino simplemente las latas. Abrimos una y la probamos: pis de gato. No había dudas. La vaciamos en la vereda. Esa y las otras dos latas. El carnicero salió enfurecido por el enchastre que habíamos hecho con la espuma y nos mandó a mudar. Al llegar a casa, comenté lo sucedido, pero mi viejo, que por ese entonces ya era mi viejo, me aleccionó: ¡No! Está mal; vos tenés que traerme la lata, yo me tomo la cerveza y después te doy la lata vacía. ¡Tomá!
Con los precios actuales, espero que mi hija empiece a coleccionar cajitas de cigarrillos, que dice que tienen olor a escape de rastrojero.

Pinceladas I

3685119024_9b0abb509epasoEn Punta Alta no quedan bares de mala muerte. Los beodos perdieron su lugar de encuentro de estaciones pasadas con sus pares y ahora su soledad es más angustiante. Cada tanto te cruzás a uno que te dice que venimos necesitando un cambio, aunque no aclara si habla por los de su condición. La vecina trata de hacerle entender que el cambio ya se plasmó mostrándole las últimas boletas de luz, pero él saca un puñado de billetes arrugados y hace la cuenta para ver si le alcanza para otro vino y se aleja, así, por un rato de sus preocupaciones. Tampoco quedan casas de mujeres de mala vida. Las fachadas de las construcciones donde se alojaban invitan a otro tipo de esparcimiento y ellas han aprendido el arte de vivir. Un infante corre a la par de otro que, subido a una bicicleta, también aprende de las caídas. Las pocas edificaciones más altas no llegan a treinta metros de altura, pero las miradas de los pobladores más veteranos que deambulan por la aldea dibujan una parábola descendente que se pierde irremediablemente a un paso de distancia de la punta de sus zapatos, rememorando lo que pudo haber sido y con una incertidumbre que pesa sobre sí desde un tiempo inmemorial: qué será. Acelero al cruzar la esquina y escuchó que un pibe grita “auto”. El que está frente a él recoge la pelota y corre hasta la vereda. Pegarle al asfalto duele como la puta madre, pero ver la pelota ingresar pegada al palo ante la estirada del arquero te hace olvidar el dolor con la satisfacción de un logro infantil en el imaginario de llegar a grande un día. Un joven encera el auto al ritmo de un reggaetón en la vereda, ahí donde quedó el cantero en el que bajo un olmo la sombra de un hombre de pelo blanco vestido con una musculosa que hace juego con su cabello está tomando mates con el vecino y ven pasar un muchacho en bicicleta que de su bolsillo un tango interpretado por una banda de rock los retrotrae cincuenta años. Te acordás hermano… le pregunta un feligrés frente a casa cuando salen de la misa. Pero no, el otro no se acuerda. Prendo “Volver” y las tabacaleras están en la cúspide del negocio. Un amigo me dice que para estar tranquilo tengo que fumar. Él no lo hace, pero me prendo un cigarrillo y le doy la razón. Recojo los zapatos que compré hace dos meses y los llevo al zapatero Heredia. Cuando llego me doy cuenta que pusieron una verdulería ahí donde estaba el taller. Aprovecho que bajó el tomate y me llevo un kilo. En la esquina está parado un patrullero. Parece que hubo un choque. Los curiosos se acercan a ver qué pasó y entre ellos estoy parado con un par de zapatos rotos en una mano y una bolsa con tomates en la otra. Ningún herido por suerte, me dice una señora, pero mire cómo quedaron los autos. Miro un rato y luego emprendo el camino de retorno con tiempo a favor y viento en contra que les hace trabajar el doble a los barrenderos municipales. El ruido vehicular es una constante a esa hora, pero los domingos en la calle reina el silencio. Suena una alarma mientras atravieso toda la cuadra a pie. Después no la escucho, no sé si la desactivaron o es un sonido que ya no me llama la atención. Pasan un par de atletas. Los reconozco por su vestimenta fluorescente, antes era más difícil saber qué hacían. Hay un muro pintado con una obra de un artista local. Más adelante del trayecto otra pared tiene inscripciones con aerosol. Nombres y una declaración de amor fechada que quedó en el tiempo. Me detengo antes de cruzar la esquina porque viene un colectivo con dos pasajeros que se están por bajar por la puerta delantera. Después cruzo a paso firme. Antes de llegar unos gorriones y alguna torcaza despegan del césped y emprenden vuelo hacia un árbol enfrente. En la puerta me dejaron un impuesto para pagar y el diario enrollado que también tengo que pagar. En uno leo que aumentó y en el otro alcanzo a ver en un titular que subió el dólar algunos centavos. Busco la llave para abrirla y no la encuentro, ni tampoco la billetera en la que me quedaba un billete de Rosas nomás y dos monedas. Creo. Le pregunto si tienen hora a unos jóvenes que veo tomando una cerveza enfrente. Dejo los zapatos en el canasto donde pongo la basura y vuelvo a la verdulería a buscar las llaves. Se me hace tarde para dormir la siesta.